Flandes Invadida (V) Recuperando terreno. La primera batalla de Mons

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La batalla de Mons había sido un duro golpe para las intenciones de los Orange-Nassau. El ejército mercenario francés debía reforzar al ejército que lideraba Luis de Nassau, que esperaba en Mons su llegada para avanzar sobre Bruselas y culminar el golpe de Estado. Pero su encuentro con las tropas valonas, flamencas y españolas había dado al traste con esa intención. Fadrique, hijo del Duque de Alba, que los comandaba se reunió poco después de la batalla con el propio Duque de Alba en Bruselas para recibir nuevas instrucciones.

Bruselas, principios de Agosto 1572

Pocas cosas como la alegría de reencontrarse con un hijo, pensaba el Duque de Alba. Y más cuando éste acaba de llegar de una batalla para la que tenía todas las de perder: 10.000 de los otros contra 4.000 de los nuestros. Claro que para emitir el veredicto final era importante saber que los Tercios Españoles estaban entre los 4.000.

En esos pensamientos estaba el Duque mientras mantenía la copa de vino con una mano y miraba los brillos de aquel néctar de dioses venido de España. Dejó la copa en la mesa y miró a su hijo que justo había dado buena cuenta de un trozo de jugosa carne y se limpiaba la boca con una fina servilleta.

Esta bandera es protagonista de nuestra historia. No renuncies a ella. En la T de Tercios

Fadrique estaba recién llegado de Mons, donde había dejado el ejército sitiando la ciudad, a su vez tomada a la fuerza por Luis de Nassau, el hermanísimo de Guillermo de Orange , y los mercenarios franceses. Y estaba allí, en Bruselas, para recibir nuevas órdenes después de cumplir las que le transmitiera el Gobernador de los Países Bajos y padre.

Él lo había recibido, primero como general al mando, con un saludo marcial y alegría en los gestos y, luego como padre, con los brazos abierto y la satisfacción en los ojos y en el corazón. De eso hacía ya unas horas y en estos momentos disfrutaban, padre e hijo, de una cena tranquila en la residencia del Duque de Alba.

Se miraron a los ojos. El padre henchido de orgullo. El hijo expectante. Con voz tranquila, y continuando con la conversación, Alba rompió el silencio:

— Dame los detalles, hijo.

Fadrique alargó con parsimonia la mano para tomar su copa de vino y beber un sorbo de aquel excelente vino mientras se deleitaba teniendo en suspense al todopoderoso Duque de Alba, su padre. El mejor estratega militar del siglo junto con el Gran Capitán. Sonrió levemente, reconfortado.

Bien sabes, padre, inició la narración, que una batalla convencional nos hubiera dejado en una posición comprometida, así que buscamos obligar a los franceses a entrar una dinámica que nos favoreciera.

Planteamos una ataque en punta de flecha e iniciamos la batalla como si de una escaramuza se tratara. Tenía sus riesgos, claro, pero en vanguardia coloqué a Julián Romero con no mucha gente, pero escogida, para que los franceses aceptaran el envite.

Cuando los franceses mordieron el anzuelo y se trabó la escaramuza, envié de refresco a Monsieur de Capresle al frente de doscientos Walones para que le hiciese espaldas y luego le tomara el relevo. Los franceses añadieron también más efectivos. De nuevo los hombres de Julián Romero se sumaron a la escaramuza junto con otros doscientos Walones de Monsieur de Liques.

La escaramuza iba incrementando su tamaño y se acercaba ya al millar de hombres en liza. Detuvo un tanto la narración para ordenar las ideas mientras bebía otro sorbo de aquel vino riojano que le estaba sabiendo a gloria.

 

Hicimos entrar en juego a Don Francisco de Bobadilla, irrefrenable, con doscientos Españoles que cargaron valerosamente, y luego entré yo con el resto del arcabucería. La escaramuza hacía rato que había dejado de serlo y trabamos tan reciamente que parecía ya una batalla porque se peleaba en un llano ceñido alrededor de un bosque.

Para entonces ya se acercaban, listas para entrar en combate, las dos compañías de caballos de Valdés y Gonzalo Fernández Montero y a sus espaldas caminaba, en tres escuadrones, la caballería ligera todos al igual. Al gran trote, siguiéndolos, los hombres de armas en otros tres escuadrones y, detrás, el resto de la Infantería.

El Duque seguía las explicaciones y en su cabeza se dibujaban con exactitud los movimientos de tropas que le indicaba su hijo. El avance de la infantería, la caballería, el trabar de picas y los disparos certeros de arcabuz. Sus ojos centelleaban con cierta envidia por no haber estado allí.

Los franceses por su parte, continuó Fadrique, tenían ya a toda la vanguardia en la escaramuza y a su mano derecha un escuadrón de cien caballos sobre el camino que iba a Mons. Sin saber cómo se estaban viendo abocados a una batalla que no habían planteado pero que viendo la diferencia de tropas tenían por segura.

La infantería francesa de vanguardia la iban reforzando a su vez desde su batalla y, de hecho a esas alturas, utilizaban ya a parte de su retaguardia. Es justo decir, padre, que peleaban con harta furia porque aún con haber escaramuzado dos horas y ser tarde, no quedaba mas de una hora de luz, resolvieron de cerrar a nuestros arcabuceros que estaban diezmando sus filas, con mas de cuatro mil de los suyos. Por ello salieron de la aldea que habían tomado con las banderas tendidas en buena orden gritando ¡Francia!, ¡Francia!, ¡¡Victoria!!

 

Fue muy grande la resolución con que arremetieron todos y supongo que viendo la ventaja que en el numero nos llevaban, tuvieron por cierta la victoria. La furia Francesa con que envistieron estuvo a la altura de la rociada de la arcabucería Española con que fueron recibidos. Los españoles y valones ante el empuje francés retrocedimos en orden mientras los franceses iban paulatinamente ocupando el llano y desabrigándose del aldea. Ese fue el principio de su fin.

La presión era máxima y aunque Julián Romero, Don Francisco de Bobadilla y Monsieur de Câpres, hacían valerosas resistencias me pareció, y también a Chapin Vitelo que iba herido en la pierna y llevaban los gastadores en volandas con todo el cuerpo que tiene, que era buena ocasión.

Ordené que la caballería Católica cerrase con los franceses siendo Don Lope Zapata el primero que lo hizo por ir con su compañía de vanguardia. Don Antonio de Toledo y Don Bernardino de Mendoza hicieron lo mismo con seis compañías por la parte que estaban los cien caballos franceses, los cuales huyeron luego porque se estaban viendo diezmados. Cerraron también, con tremenda eficacia, los hombres de armas y la Infantería, que se comportaban como un solo cuerpo.

camino español. Batalla de Mons de 1572

El silencio en nuestras filas contrastaba con el sonido de los tambores hispanos que daban las instrucciones precisas para que el ataque fuera imparable. Mientras, el griterío de los franceses dejaba a las claras que a esas alturas les resultaba imposible mantener el orden. Con esto se dio principio a ejecutar la Victoria.

Dejamos a Don Juan de Mendoza con el tercer escuadrón en retaguardia y atento por si los franceses tuvieran preparada alguna emboscada mientras íbamos con todo contra los galos. Para entonces la victoria estaba servida y se comenzó a ejecutar el alcance a los franceses que iniciaban la retirada de manera desordenada.

Por haber poco día, no pudimos continuar el alcance, así que nos recogimos dejando no obstante mucha gente muerta en el lugar donde se peleó. Unos cuatrocientos me informaron. Muchos de los cuales parecían hombres principales, como es de creer que serían pues iban en la vanguardia y viendo el valor con el que pelearon.

Recogida la gente y siendo ya de noche y lloviendo, me fui a alojar à villa de Saint Ghislain y en su preciosa Abadía di gracias à Dios por la trabajada victoria.

A la mañana siguiente padre, apresamos a Monsieur Sanlís y aún a más de cuatro mil soldados franceses. Muchos de ellos fueron muertos pero pasada la furia inicial muchos otros fueron liberados. De los casi 10.000 hombres que traían para reforzar Mons y la invasión organizada por los Orange-Nassau, poco más de un centenar pudieron alcanzar la ciudad. Y más para salvar sus vidas que para reforzarla.

Esas últimas palabras quedaron en el aire llenando la estancia por un momento. El silencio se hizo luego y fue el Duque de Alba el que lo rompió de nuevo:

— Gracias, hijo. Una dura batalla, sin duda. Tanto como importante. Mons se ha convertido en una pieza clave en toda esta invasión que han perpetrado los Orange-Nassau para desestabilizar los Países Bajos, con ayuda de los envidiosos ingleses, los temerosos franceses y los herejes alemanes.

— Es por esto, continuó, que vamos a reforzar el sitio de Mons hasta echar a patadas a Luis de Nassau y a sus mercenarios franceses de esa ciudad principal que es leal a su rey. Saldremos en breve para Mons con todo el refuerzo que he podido reunir en estas complejas circunstancias.

— ¿Y Guillermo de Orange y su ejército? replicó Fadrique. ¡Campará a sus anchas por todos los Países Bajos!

El Duque de Alba meditó unos instantes la respuesta.

— Ciertamente, hijo, la decisión tiene su riesgo. Pero las ciudades principales han mostrado su rechazo a una invasión protagonizada por un extranjero que encabeza miles de mercenarios también extranjeros. Sólo Malinas y alguna que otra muy menor ha mostrado apoyo.

— Además, continuó, las directrices militares las toma Luis de Nassau. Su hermano Guillermo será Principe de Orange pero es un incapaz en el plano militar. Lo conozco bien, irá en socorro de su hermano porque lo necesita.

— La clave, hijo, sigue siendo Mons.

El Camino Español

Para el episodio he tomado el pasaje de “Historias de las guerras civiles que ha avido en los estados de Flandes, 1559-1609” de Antonio Carnero que habla sobre la batalla y lo he modificado lo mínimo posible para actualizarlo un poco y contextualizarlo en una conversación novelada (y bastante factible, dicho sea de paso) entre el Duque de Alba y su hijo Fadrique.

 

Escrito por Antonio Carnero

2 Comentarios

  1. Dani's Gravatar Dani
    14/03/2017    

    Ayer vi Zona hostil y hoy leo esto, ya es que se me incha el pecho el solo jjajajajajaaj
    Buenos generales y buenos soldados dan victorias donde parece imposible.

  2. Dani's Gravatar Dani
    15/03/2017    

    Así dandoles hasta que duela la mano. Muy buena táctica, fingir un enfrentamiento de encuentro para que no pudieran hacer valer su superioridad numérica. Si es que teníamos buenos soldados pero también magníficos generales.

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